Algunas despedidas no vienen con explicaciones.
Llegan como una pausa. Mayores intervalos entre respuestas.
La transformación que sientes antes de poder nombrarla.

Nada termina oficialmente.
No hay una conversación final.
Simplemente una comprensión tranquila de que algo ha cambiado y nunca volverá a ser como era.

El adios que nunca se dice

Es cuando dejas de ser la primera persona en contarle las cosas.

Es cuando los planes se quedan “tentativos” hasta desaparecer sin necesidad de excusa.

Es cuando el esfuerzo empieza a sentirse como algo que llevas solo.

Cuando las conversaciones se vuelven educadas en lugar de honestas.

Sucede cuando relees cartas viejas, tratando de señalar el momento exacto en que la calidez se convirtió en distancia.

Es cuando silenciosamente bajas tus expectativas, para que nadie tenga que explicar por qué.

Es cuando te das cuenta de que ya no eres elegido ni estás estancado.

Algunos finales no cierran las puertas.
Lo dejaron lo suficientemente abierto como para tener la esperanza de continuar nuevamente.

No hubo un momento para estar triste.
Este proceso no tiene fin.

Sólo una lenta comprensión
Que la despedida ya había pasado
Yo fui el último antes que él.

¿Alguna vez te has dado cuenta del adiós sólo después de que ya terminó?

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Crédito de la imagen: Katrina Schurman en Unsplash

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